El primero como mamá me ha hecho reflexionar un poco:
Hoy es el Día Internacional de la Mujer.
Un día para mujeres fuertes, dicen ellos. Para heroínas cotidianas. Para la igualdad.
Pero la fortaleza es un cumplido extraño cuando, en realidad, solo significa que alguien tiene que cargar con mucho durante mucho tiempo.
Muchas mujeres cargan. Cada día.
Cargan con responsabilidades, expectativas, listas de tareas en la cabeza, citas, preocupaciones de otras personas. Cargan a niños en brazos y proyectos en el trabajo.
Sacan adelante a familias en crisis y, a menudo, también a sí mismas en días en los que su propio cuerpo no quiere colaborar.
Porque algunas mujeres no solo luchan por su lugar en un mundo que sigue siendo desigual. Algunas luchan al mismo tiempo contra enfermedades crónicas, contra el dolor, contra el agotamiento, con un cuerpo que pone límites mientras el mundo sigue exigiendo rendimiento.
Y, aun así, se levantan.
Llevan a los niños a la cuidadora, a la guardería, al colegio. Van a trabajar.
Coordinan citas médicas entre reuniones. Escuchan, organizan, consuelan, funcionan.
Trabajo de cuidados, lo llaman fríamente.
Una palabra que apenas deja entrever cuánto amor, paciencia, fuerza y, a veces, abnegación hay detrás.
Es el trabajo que rara vez recibe aplausos.
El trabajo que ocurre cuando nadie mira. El trabajo que mantiene a una sociedad en marcha y que, sin embargo, a menudo se trata como si fuera algo obvio.
Las madres lo saben especialmente bien.
De ellas se espera todo: entrega, paciencia, presencia y, al mismo tiempo, independencia, carrera profesional, autorrealización. Deben ser siempre suficientes. Para sus hijos, para su profesión, para su entorno.
Por eso, el Día Internacional de la Mujer no debería hablar solo de fortaleza.
Sino también de que las mujeres no solo deben poder ser fuertes, sino que también deben poder estar cansadas. Poder estar enfermas. Poder necesitar ayuda. De que el cuidado no es una debilidad, sino el cimiento de nuestra sociedad.
Y de que una madre, una mujer trabajadora, una mujer con una enfermedad crónica no debería ser admirada porque “puede con todo”. Sino que debería ser apoyada para que no tenga que hacerlo todo sola.
Quizás la verdadera igualdad comience precisamente ahí:
Cuando dejemos de celebrar a las mujeres por cuánto aguantan y empecemos a construir un mundo en el que tengan que aguantar menos. ❤️
En el que no tengan que justificarse por sus propios intereses, metas y descansos. 🌞
En el que las mujeres no tengamos que estar eternamente agradecidas porque alguien nos apoye, sino que también se vea y se valore lo que logramos por nuestra cuenta. 🤘🏽


Deja una respuesta