Kintsugi y Wabi-Sabi son conceptos cuyo significado me resulta muy inspirador.
Vaya por delante que no tengo una idea “real” ni experiencia en budismo, sintoísmo, filosofía oriental o sobre Japón.
Nosotros, los tan “iluminados”
Pero sí tengo experiencia en cómo se gestionan aquí los errores. Los defectos. Lo que está roto. O quienes están rotos.
Nos encanta la perfección. A todos nos pasa.
Celebramos el gran arte, lo bello y lo perfecto. El sentido profundo y la meta elevada.
La forma clara. El dobladillo recto y el borde definido.
Los buenos valores. Nuestra cultura.
A nosotros mismos, siempre que seamos todo lo que se supone que debemos ser.
… Sospecho que la frase “¡Los demás también lo consiguen!” cuesta más vidas que los coches y el tabaco juntos.
Todo lo que no da la talla se considera deficiente. Como en el colegio. ¡Deficiente! ¡Insuficiente! ¡Siéntate! ¡Un cero!
¡A apretar los dientes y a seguir! ¡O a estamparse contra el muro!
Lo que se rompe y tiene taras, fuera. Hay que esconderlo.
Para que nadie note el desconchón en la vajilla ni el runrún en la cabeza… ese que, quizás (¡psst, no se lo digas a nadie!), también tienen otros.
¡Se puede hacer de otra manera!
Me estremecí de alegría al leer estos términos, Kintsugi y Wabi-Sabi, junto con su interpretación.
No la belleza obvia, sino la oculta.
Esa belleza que no es barata, sino que requiere la voluntad de querer verla.
Wabi-Sabi. Elogiar lo imperfecto. Lo torcido y lo inclinado.
El valor en sí mismo.
Kintsugi. Reparar lo roto, sanarlo y no desecharlo.
Resaltar la curación y no ocultarla.
Valorar la fractura y el hecho de haberla superado.
Entender la cicatriz como parte del todo. Como parte de una historia. De un camino.
Todo tiene su valor. Y ese valor aumenta con cada obstáculo, con cada huella que dejan la vida y el tiempo.


Deja una respuesta